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Da sè stessi non si può fuggire

by oriente, 30 Aprile 2019

Ho creato i taccuini di viaggio per le mie partenze, volevo il giusto contenitore per fermare le emozioni che potevo vivere nell’esperienza. Trasformate in parole e fissate in un luogo per non perderle con gli anni  per potermene ricordare un giorno, rileggendole.

Le partenze rappresentano una ricerca di me attraverso il passaggio in un luogo.

Il luogo selezionato è un simbolo dove posso confrontarmi con la mia  essenza o la mia assenza, quel qualcosa di me fino a quel preciso istante sconosciuto.
Non importa dove vado, quanto lontano vado, ciò che importa è lo spostamento, da un luogo certo dove ho messo le  radici, ad un altro, dove tutto mi è sconosciuto, come buona parte di me.
MIGUEL. Un viaggio da fermi.
Miguel è messicano, è un filosofo ed ama scrivere. L’ho conosciuto senza spostarmi, l’ho ospitato a casa mia. A casa mia ha portato la sua cultura, le sue parole e i  quaderni su cui scrive i suoi racconti.
Poi gli ho regalato i miei taccuini e ispirato, su uno di questi, ha scritto il suo diario di viaggio.

Forse gli incontri non sono mai casuali

Diario de viaje
Martes, 04 de Octubre de 2011 10:59
Escrito por Miguel Mandujano/ Núcleo Informativo
Día uno

Dicen que los viajes ilustran. Si fuera tan fácil los sobrecargos de los aviones serían los hombres más sabios del planeta, pero poder trasladarse es apenas la premisa; los viajes, como pensaba Fernando Pessoa, son los viajeros, por eso unos vuelven desilusionados de Milán y otros disfrutan hasta la comida de Iberia; por eso unos nunca tienen dinero y otros no dejan que el dinero los tenga; por eso unos siempre vuelven y otros desprecian la tierra que dejan. Lo dijo el poeta portugués: «Lo que vemos es lo que somos.»
Yo pensé que sabía qué tipo de viajante era pero de pronto he olvidado quién soy y es esa ignorancia la que me tiene hecho un mal viajero. Me esfuerzo en mis recuerdos pero hoy es turbio lo que antes era claro; hoy enturbio lo que antes era claro, y es el espíritu el que tiene que sanar.
No es un viaje distinto, es el único viaje posible. A fin de cuentas, el viaje a través de los países del mundo es sólo un viaje simbólico, pues a donde quiera que vaya, no es el hombre que viaja sino su alma que busca.
Por eso el hombre debe poder viajar.
Viajando he conocido a Pepe y a Anita; a Abdel, a Blanca, a Xavi, a Georgina. Fue en un viaje que conocí a Neus y a Jose, a Leo y a Mercedes. Era yo el forastero y ellos los extraños que le dieron a mi alma algo de lo que buscaba. Han sido, no obstante, Jesús y Lilia, nunca viajado en avión, los que me han dado las más grandes ilustraciones de la vida.
Viajando, he hablado en otras lenguas con Ran, con Douglas, con Leon, con Nuno y con Alessandro, pero ha sido el español en la boca de una niña que aprendía a hablar el que me ha conmovido hasta las lágrimas. En medio del viaje he escrito de Martha y Rosamaria y gracias al viaje es que he venido conociendo a Wendy, a quien tiene de viaje la búsqueda de su propia alma.
Fue también en un viaje que conocí a Roberta; Roberta debió conocerme también porque cuando dejé su casa me regaló una pequeña libreta que, pensada para un viajero, reproducía la idea del viaje simbólico; un pensamiento de Andrei Tarkowsky que comenzaba diciendo: «Hay un solo viaje posible: Aquel que hacemos en nuestros mundo interior.»
Creo, estoy seguro, que los grandes viajes son efecto de la globalización. Si como pensaba Tarkowsky, todo viaje es un viaje interior, deben ser varios los miles de kilómetros que al final saldrían sobrando si pudiéramos hacer ese viaje, el único gran viaje, sin cruzar océanos.
Pero ahora viajamos y vemos otras culturas, hablamos idiomas que no son los nuestros y compramos monedas que nunca pagaríamos. Al final, lo mejor que nos queda es el asombro y la riqueza que adquiere el alma cuando su rutina le impide asombrarse del vecino y de la propia patria. Y regresamos y vemos que lo mejor ya lo teníamos, o no volvemos porque nuestra alma se vuelve perezosa y necesita que sea lo desconocido lo que venga a zarandearla. Regresamos y percibimos que para ensanchar el alma hacen falta muy pocos recorridos: los que se hacen al encuentro del otro, el más cercano, el más parecido. O no volvemos y nunca advertimos que viajar es un estado de ánimo.
Viaja con nosotros la casa de nuestra alma; la llevamos en el viaje como una tortuga su coraza y a unos nos pesa y a otros les hace el viaje más ligero, pero a todos, a todos nos acompaña (el viaje es el viajero).
Dejamos cosas y personas y al volver nos damos cuenta que, como también pensó Tarkowsky, es como si no hubiéramos regresado, pues el hombre no puede regresar al punto del que ha partido porque, durante el viaje (todo viaje), cambia. O no cambia, se encuentra.
«De sí mismo no se puede huir.»
La ironía es que haya que salir, salir de uno mismo, para luego saber que todo lo necesario es justo lo que llevamos en la casa de nuestra alma y que lo demás es prescindible. La paradoja es que haya que recorrer camino para volver al único lugar del que no podemos salir: el nosotros mismos. Lo absurdo es que, estando tan cerca, a veces no sepamos cómo llegar a ese lugar y tengamos que seguir viajando.
Esta es la mejor explicación a un viaje que a veces convierto en destierro: es mi alma que busca, aunque lo que encuentre será, por mucho, ajeno al exilio.
No volveré; no, al menos, al mismo punto.
De mí mismo no puedo huir.